(Para mis queridas abuelas,
muy amigas entre ellas,
cuando niñas)
Yo soy casi la suma
de dos grandes abuelas.
¡Qué viejas tan divinas
y entre ellas tan distantes!
Aquella,
la del clima caliente,
de la casa encalada
y los techos de tejas.
La otra,
del aire casi helado
en las venas del tiempo,
de la casa bruñida
con miles de recuerdos.
Aquella,
la del patio frondoso
con los mangos maduros
y preciosas resedas.
La otra ,
la de aquí, tan cerquita
parecía una princesa,
con sus gruesos tacones
y sus media de seda.
Yo las comprendo ahora,
mis amadas abuelas,
las dos tan diferentes,
tan viudas y tan bellas.
Hoy te recuerdo a ti,
oh madre de mi madre,
la de aquel patio hermoso,
que en mi loca inocencia
yo creía paraíso,
pues jamás terminaban
aquellos lavaderos
de blanquear ilusiones
tan grandes como el cielo,
formando claros charcos
que mimaban mis pies.
Tan cerca de ese río
en que casi me ahogo,
y tan lejos los vientos
de recintos urbanos
y tan rico el fogón
de cocina a la leña
con aquellos olores
emanados del cielo,
nísperos, marañones,
y también piñonates,
o melcochas danzantes
en vetustas bandejas.
Pero espera un momento
tú, madre de mi padre,
jamás podré olvidar
tu espontánea elegancia
de vestidos oscuros
con sus toallas bordadas,
en baúles rellenos
con pañuelos de seda,
sosteniendo un perfume
que murió sobre el tiempo.
No digo que eras bella
digo que aún lo eres,
estás en mi presente
tan viva como un lienzo,
eres una elegancia
barajando tus naipes,
jugando al solitario
destino de tu vida.
Eres una matrona
atada a un cigarrillo,
con su propia verdad
en cada bocanada.
Pero a mí qué me importa
si tú te lo mereces,
si ya cuando te fuiste
eras la gran abuela,
porque habías trabajado
quizá más que una abeja.
Yo soy sólo la suma
de esos robles arcaicos,
que brindaron su vida
y se hicieron más fuertes,
de esas viejas mujeres
que sabían muchas cosas,
para mí quizá extrañas
y que ahora comprendo.
Yo soy casi la suma
de dos grandes abuelas,
me proclamo la esencia
de esas viudas de seda.