En las calles
los buses rugen enfurecidos,
gritan patean y aúllan
como lobos feroces
y en mi casa,
una olla pelea con el arroz
y se mece traqueando
con aires de caldero,
sólo porque trabaja
sin hidratar su vientre.
La varilla de incienso
también me hace berrinche,
desde el púlpito escuálido
de mi vaso de lata.
Pero viajo en los buses,
y me tomo la sopa,
y enciendo mil inciensos
con candelas rosadas
y paseo por las calles
y completo la siesta
y rezo el padrenuestro
entre chispas ardientes.
Yo me invento los sueños
de viajes portentosos,
de banquetes dorados
en lejanos castillos,
pintados por artistas
de pinceles inquietos.
Pues los buses inmensos
y las ollas malcriadas
y el humo circundante
de inciensos desbocados,
han de saber por siempre
quién lleva las enaguas.