Los follajes ralos
de los árboles húmedos
y pálidos
entrelazaron sus dedos
con lealtad.
Entre abrazos
compartidos
cerraron el cielo
con el rocío
de sus espejos de agua,
como un fulgor plateado
que los magnificó.
Me asomé
a esos resplandores
de la infancia
y renació la niña
que un día fui.
Mi vieja muñeca
me volvió a decir mamá,
con su habitual olor
a hule, celuloide y organdí,
viajó hacia las pupilas de la luna,
que se volvió a desparramar
sobre las crestas de los árboles,
bajando a través de las notas musicales
de mi lenguaje infantil.