No lo pensó más,
batió con rapidez sus alas
y sin abrirlas mucho,
voló en forma vertical
sobre su propio nido
que quedó vacío y tibio,
tibio y vacío.
Ahora,
es ya todo un halcón
y no un polluelo,
tiene la mirada grave
y en todo se vale
por sí mismo.
Soy la madre
que con parsimonia
lo vio partir
en busca de su propia vida,
sin una sola lágrima
sin un solo suspiro,
pero sí con un abrazo
y con un beso.
Yo también
fui halcón
en otro tiempo,
yo también
fui un polluelo
que voló su destino
en busca del norte de las aves,
que muchas veces
no se tiene fijo,
que muchas veces,
no se tiene claro,
que tal vez,
nos encuentra
hasta inseguros,
que quizá
hasta nos ve desprevenidos.
Pero no importa,
también hay gravedad
allá en el cielo
en forma de ilusión
y de esperanza,
que atrae
a los jóvenes halcones
cuando ellos pueden ya
batir sus alas,
cuando ellos pueden ya
volar con energía,
en forma acompasada
y silenciosa,
en forma acompasada
y por sí mismos.