Mercado de minoreo

A Jean-Baptiste Poquelin,
llamado Molière (In Memoriam)

En un cesto
lleno de cilantro,
encontré la armonía
y todo fue una maniobra
transparente.
Sobreviví,
a pesar del rompimiento
de un saco de frutas
mal peladas
en forma
de comedia matutina.
Me propuse,
felicitar al pueblo
y a cada uno
le regalé un berro
con su propia biografía,
y todos fuimos héroes
hasta que pasó un siglo
con humor de uva negra,
vaticinando la presencia
de otras frutas,
en camino
hacia el mundo wagneriano
llenas de xenofobia
y montando
una yegua con abrigo
que ignora
zapatazos zodiacales,
ejerce su bigamia
con blusa de camello,
y la mezcla
con el wisky zalamero,
laguna del zancudo.
No pretendo
alimentar la utopía
de ese usurero
sollozante y eléctrico,
como un triángulo
equilátero,
simple dedal
somnífero
de dudosa cintura
contrahecha,
sobre la bicicleta
gotosa
que rueda ante la gula
de un galán cien añero.
No sabe comer uvas
Sin vaticinar
la suerte verdulera
y en forma vernácula
camina hasta la iglesia
como cualquier idiota,
no puede calcular
su propia horma,
es la hormiga del kiosco
cantando un kirieleisón
esperpéntico
y haciendo zancadillas
medievales
con su bastón
de lápiz cejijunto
y ante la furia
de toda la pandilla,
se va en paracaídas,
y se incendia
sobre el queso fresco
del leñador chino
el que pesca las ranas
con guadaña.
Se quebró un parabrisas,
se hizo añicos
partiendo en dos
a un jabalí,
habitante
de un charco
delicioso.
Y qué decir
del saltamontes,
que creyéndose habano
se quemó las entrañas
por pasarse de bruto.
Se hundió
en la orilla jabonosa
de un islote
que cumplió la quijotada
años luz, oro líquido.