Las palmeras y yo
nos tomamos las manos,
nos besamos los dedos
cuando el aire está tibio.
Las palmeras y yo
jugamos a la ronda,
en el fresco latido
del abrazo del cielo
y lo hacemos igual
que cuando éramos niñas.
Cuando vamos haciendo
remolinos de besos
sus brazos y mis palmas
son también su cabello.
Las palmeras y yo
nos mojamos el alma
con la furia del mar
y el estruendo del cielo.