Nunca vi una tarjeta
mostrando el nacimiento
de una linda bebita
que se llame Clotilde.
Muy perdida en el tiempo
aparece bronceada
la columna que anuncia,
que murió una tocaya
a sus cien primaveras.
Si pronuncio mi nombre,
llamo a mi bisabuela
es como si llevara
un estigma por siempre
que no desaparece
sólo porque yo diga.
Entonces desafío
a mi furia primera
pensando que es hermoso
remontarse en el tiempo
con los lazos de sangre
a pesar de mi enojo.
Me acaricio el cabello
y retomo mi orgullo
bautizando con agua
al gatito de enfrente,
y le clavo mi nombre
por los cuatro costados
y no obstante sus gritos
y su enorme carrera
va cruzando esas calles
crucigrama y cemento
donde pasean mil nombres
que saludan, y mueren.