Ojos y rostros
enrojecidos por la brisa
exhalan la congoja
de un día sin final.
Triste y sudoroso
solloza el hombre fuerte
reclinado en la proa,
todo le reclama
aquella aventura inexplicable.
Desafiante el mar abierto
toma fuerza
de su aliento profundo.
Decae la esperanza
transformándose en angustia.
Caen las horas,
el miedo deshoja y merma
el ánimo y la vida
de aquellos navegantes desolados,
sin destino.
Mas de pronto,
¡milagro!,
a lo lejos se dibuja una mancha
del color de la esperanza,
el verdor resplandece
y se refleja
entre los rostros,
brindan y celebran
con un tonel de agua
que va en vilo
y cae en tempestad
sobre sus bocas
y sus almas
como un nuevo bautizo.
Todos descargan su alegría
con un grito que estalla
entre los vientos.