Las uvas caían sobre las hojas
y el sol las succionaba con delirio,
después las convertía en sus amantes,
cuando nubes rosadas se volvían.
¿Recuerdas nuestros viajes al poniente?,
el sol se pavoneaba como un fauno,
soberbio copulaba con las flores,
doradas y marfil de tanto vino.
Teníamos un caballo pura raza
que nadie miraba ni veía,
porque tenía ruedas en las patas
y sólo vivió en nuestras pupilas.
Corríamos cuando éramos dos locos
impregnados de amor y de hojas secas
hacia esos cuchillazos deliciosos
relámpagos subidos ya de tono.
Los ojos de los dos miraban fijo
hacia las nubes heridas por el brillo
conjugando sus nítidos carmines,
con relámpagos azules solapados.
Nosotros corríamos y corríamos
y cómo era posible tanta dicha,
sentíamos que el sol nos esperaba
para mostrarnos sus pícaros mareos.
Allí nos quedamos para siempre
convertidos ahora en un recuerdo
de aquel sol fauno y sonrosado
por el vino, las flores y los tiempos.
El sol nos recuerda con nostalgia
brindando y mirando los caminos.