La vida me ha dado alcance
llevándome a empellones,
no sé dónde ni por qué.
Impotente le sonrío
en forma estúpida y falaz
tratando de distraerla,
como si fuera una niña
y yo, el payaso mayor,
que logra cubrir el circo
con argumentos
escuálidos y locos:
le digo que los dioses
también toman avena
por las noches
para calentar
sus cuerpos de metal,
que en sus bañeras
también crecen los hongos
y los caballos de mar,
que mi número de suerte
entró a la iglesia
por la puerta de atrás,
que tomé un taxi
casualmente
y en la guantera
tenía pegado
a Gasparín
y que voy llegando
a un sitio solitario
donde podré
por fin, llorar.